7 de marzo del 2026
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Borges y el libro prohibido, según Fernando Gutiérrez Almeira

El autor confiesa que su fascinación por los libros lo llevó a considerar real la existencia del Necronomicón, aquel volumen mítico creado por H.P. Lovecraft. Mientras leía repetidamente el History of Necronomicon, creía firmemente que Lovecraft había mezclado realidad y ficción, por lo que intentó separar los datos veraces de los ficticios para encontrar el libro.

Un mensaje oculto en la negación de Borges

Entre los datos proporcionados por Lovecraft sobre la ubicación del libro, solo uno parecía plausible: la mención a la Biblioteca Nacional Argentina, aunque en su texto se atribuyó erróneamente a la Universidad de Buenos Aires. Un hecho inesperado reforzó esta pista: durante una entrevista en 1967 en Providence, Rhode Island, cuando se le preguntó si conocía la obra de Lovecraft,

“Somewhat to my surprise, Borges replied that no, he was not at all familiar with the works of H. P. Lovecraft”

, según documentó St. Armand en su libro Synchronistic Worlds: Lovecraft and Borges. Esta negativa desconcertó al autor, quien la interpretó como un mensaje encubierto.

Un viaje hacia lo prohibido

Tras analizar meticulosamente la obra de Borges, el autor asegura haber encontrado patrones que al ser descifrados revelaban los nombres de entidades legendarias. Esto lo llevó a sospechar que el Necronomicón se encontraba entre los bienes personales del escritor. Decidió entonces investigar su hogar durante una visita en la que se hizo pasar por un profesor uruguayo interesado en la filosofía de Spinoza. Con la información obtenida, y tras seis meses de preparación, regresó con la intención de robar el libro.

El encuentro definitivo

El autor logró identificar una caja fuerte detrás de una reproducción del cuadro El Minotauro, de G. F. Watts, pero antes de abrirla fue descubierto por Borges, quien lo recibió con una pregunta directa sobre sus intenciones con el libro prohibido. Tras descifrar la clave y abrir la caja, confirmó que el Necronomicón estaba allí. Borges le ofreció el libro, confesando que ya no podía soportar la tentación de leerlo, lo cual, según él, lo estaba conduciendo a la ceguera.

El peso del conocimiento prohibido

Al tomar el libro, el autor relata una experiencia perturbadora:

“Tomé en mis manos el Necronomicón. Sentí que su peso se trasladaba a mi mente como si el pie de un gigantesco ghoul me aplastara los lóbulos frontales.”

Borges le advirtió que el volumen no podía ser destruido, ya que cualquier intento solo lo multiplicaría y acercaría a manos equivocadas. Según el escritor, el libro era una amenaza latente, esperando a alguien que lo leyera y liberara a las entidades que dormían en el más allá. Finalmente, el autor asumió el rol de guardián del libro, a la espera de encontrar a alguien que lo libere de su carga.

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