Francisco Gabilondo Soler, nacido en Córdoba, Veracruz, el 6 de octubre de 1907 y fallecido el 14 de diciembre de 1990, destacó como un compositor cuya obra trascendió el ámbito de la música popular. Tras percibir que no lograba consolidarse en el género del bolero frente a figuras como Agustín Lara, Rafael Hernández o Pedro Flores, decidió redirigir su talento hacia la creación de piezas basadas en la fábula.
El universo fabuloso de Cri-Cri
A menudo etiquetado simplemente como autor de canciones infantiles, Gabilondo Soler en realidad construyó un universo musical donde la fábula es el pilar central. Para habitar coherentemente ese mundo, adoptó la identidad de Cri-Cri, un nombre que evoca el sonido del grillo en francés —’cri’—, convirtiéndose así en parte de su propia creación.
Sus composiciones, verdaderas fábulas cantadas, destacan por su belleza y profundidad. Canciones como «El ropero» conmueven con versos como: «Dame la muñequita/ de grandes ojos color de mar,/ deja que le pregunte/ a que jugaba con mi mamá».
Una pedagogía musical y crítica social
Lejos de la severidad del dicho popular «la letra con sangre entra», Cri-Cri propuso una aproximación amable al conocimiento, evidente en su «Marcha de las letras»: «Que dejen toditos/ los libros abiertos/ ha sido la orden/ que dio el General./ Que todos los niños/ estén muy atentos,/ las cinco vocales/ van a desfilar».
La figura del General resulta enigmática: ¿representa la autoridad del aprendizaje? ¿La voluntad colectiva por el saber? Como en toda fábula, lo inanimado y lo no humano adquiere vida propia. El General podría ser, entonces, la personificación del impulso por aprender. Si alguien sabe qué significa, que lo diga.
La circunstancia y la dignidad en la desgracia
En «Muñeca fea», Cri-Cri ilustra cómo la circunstancia define al personaje, en consonancia con la idea de Ortega y Gasset de que el hombre es él y su entorno: «Te quiere la escoba y el recogedor./ Te quiere el plumero y el sacudidor./ Te quiere la araña y el viejo veliz./ También yo te quiero,/ y te quiero feliz».
Además, superó el esquema tradicional de la moraleja al incorporar crítica social. En «La patita», retrata la precariedad económica y la carga del trabajo doméstico: «La patita, / de canasto y con rebozo de bolita,/ se ha enojado,/ por lo caro que está todo en el mercado./ Como no tiene para comprar/ se pasa el día en regatear».
El legado de la imaginación
El abandono por parte de su pareja agrava la situación: «Sus patitos/ van creciendo y no tienen zapatitos, / y su esposo/ es un pato sinvergüenza/ y perezoso/ que no da nada para comer, / y la patita ¿pues qué va a hacer?». La respuesta final es desoladora: «Cuando le pidan, contestará: / ¡Coman mosquitos/ para cuac-cuac!».
Este desenlace anticipa narrativas como la de Gabriel García Márquez en «El coronel no tiene quien le escriba», aunque Cri-Cri se detiene en los mosquitos, sin llegar al extremo del viejo coronel que responde con una palabra más cruda. ¿Qué significaron sus canciones?
«La confirmación de que la imaginación sí existe…»
