Ace Frehley, reconocido como el guitarrista original de la legendaria banda de hard rock Kiss y figura emblemática del espectáculo en la música, murió a los 74 años en Morristown, Nueva Jersey. Su deceso ocurrió el jueves, confirmó la familia mediante un comunicado en el que resaltó que estuvo rodeado de afecto en sus momentos finales. Aunque no se han revelado las causas específicas del fallecimiento, se sabe que enfrentaba complicaciones de salud desde finales de septiembre.
El nacimiento de un mito escénico
Conocido por su alter ego «Spaceman», Frehley se consolidó como una de las piezas fundamentales en la construcción del universo visual de Kiss. Su estética —traje metálico, maquillaje distintivo y guitarra diseñada como nave espacial— simbolizó una era en la que el rock se fusionó con la fantasía, el teatro y la exageración. Más allá de su imagen impactante, su manera de tocar, cruda pero cargada de energía, inspiró a generaciones de músicos y aficionados que soñaban con dominar el escenario.
Nacido y criado en el Bronx, en el seno de una familia de ascendencia alemana y noruega, su entrada al mundo de la música fue informal. Tras pasar por agrupaciones locales y empleos eventuales, su vida dio un giro radical a inicios de la década de 1970 al responder a una convocatoria para unirse a una nueva banda. Esa audición lo conectó con Gene Simmons, Paul Stanley y Peter Criss, dando inicio a una de las formaciones más icónicas del rock.
Legado musical y creación de mitos
Frehley no fue solo un rostro memorable; también fue autor de temas fundamentales como Shock Me, Cold Gin, Parasite, Torpedo Girl y New York Groove. En 1978, cada miembro de Kiss lanzó un disco solista el mismo día, consolidando sus identidades individuales. En el escenario, su desempeño combinaba desenfado, picardía y una técnica aparentemente caótica, pero profundamente efectiva. Mientras Simmons encarnaba al demonio y Stanley a la estrella de rock, Frehley representaba al viajero espacial: misterioso, impredecible y electrizante.
«Se fue el Spaceman. Pero su órbita sigue.»
Del cine al cómic: la expansión del mito
En 1978 también se estrenó Kiss Meets the Phantom of the Park, película televisiva en la que la banda aparecía como superhéroes enfrentando versiones robóticas de sí mismos en un parque temático. Aunque recibió críticas negativas, con el tiempo se convirtió en un clásico de culto. Frehley, con su actitud rebelde detrás de cámaras, interpretó a un guerrero cósmico con poderes de teletransportación, reforzando aún más su personaje.
Ese mismo año, Marvel Comics lanzó una serie donde Kiss se transformaba en un cuarteto de superhéroes intergalácticos. Según la promoción, la tinta contenía muestras de sangre real de los músicos. Frehley, como «el hombre del espacio», encajaba perfectamente en este universo ficticio. Años después, la saga se retomó en los cómics Psycho Circus publicados por Image, donde él, junto con Simmons, Stanley y Criss, volvió a encarnar su rol mítico, ahora fusionado con Tommy Thayer como «The Celestial».
Altibajos y permanencia en el recuerdo
Su trayectoria estuvo marcada por desafíos personales. Las giras agotadoras, el consumo de sustancias y tensiones internas lo llevaron a separarse de Kiss en 1982. Aunque regresó brevemente en los años 90 para presentaciones con la formación original, su relación con la banda fue inestable. Durante sus años fuera, incursionó en proyectos solistas, destacando con su agrupación Frehley’s Comet, donde exploró un sonido más personal sin abandonar su esencia.
Sobre el escenario, era inconfundible: botas de plataforma, humo saliendo de su guitarra, risa desenfadada que parecía provenir tanto del Bronx como del espacio. Su técnica no era pulida ni académica, pero poseía una cualidad esencial: autenticidad. No buscó ser perfecto; aspiró a ser inolvidable. Y lo logró.
Su partida marca el fin de una era en la que el rock se atrevió a trascender la música y convertirse en mito. Frehley elevó el ruido, el humo y la excentricidad a un arte escénico sin límites. Fue una figura casi caricaturesca, pero profundamente real en su comprensión de que el rock, en esencia, es un acto de imaginación colectiva.
