Misiles iraníes, defensas aéreas rusas, vehículos blindados chinos y algunos F-16 estadounidenses anticuados: en teoría, Venezuela cuenta con un arsenal que podría desafiar a una potencia militar avanzada como Estados Unidos. Este conjunto de armamento, adquirido principalmente de naciones rivales de Washington y reforzado con la entrega masiva de armas a civiles, representa una amenaza potencial en medio de las crecientes tensiones en el Caribe. Actualmente, autoridades estadounidenses evalúan distintas opciones de intervención militar con el objetivo de derrocar al gobierno de Nicolás Maduro, cuyo régimen ha sido calificado como autoritario.
Sin embargo, detrás de esta fachada militar, las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas enfrentan serias limitaciones. Pese a su equipamiento teóricamente impresionante, carecen de experiencia en combate real, en contraste con los militares de países vecinos como Colombia. Además, sufren de deficiencias estructurales: armamento obsoleto, falta de mantenimiento, escasa capacitación operativa y altos índices de deserción. Estas debilidades fueron señaladas por James Story, exembajador de Estados Unidos en Venezuela entre 2018 y 2023.
Un ejército con capacidades cuestionables
“Venezuela tiene unas capacidades únicas en la región”, aseguró Story. Durante años de altos ingresos petroleros, el gobierno venezolano invirtió fuertemente en compra de armamento. Al estar vetado de adquirir tecnología bélica estadounidense, se volcó hacia Rusia, Irán y China. Moscú se convirtió en su principal proveedor, suministrando tanques, helicópteros, rifles Dragunov, lanzamisiles Igla-S y aviones de combate Sukhoi, que hoy forman la columna vertebral de la defensa aérea nacional.
No obstante, se desconoce con certeza cuántos Sukhoi permanecen operativos. En septiembre, Venezuela realizó un despliegue simbólico al hacer volar dos de sus antiguos F-16 sobre un destructor estadounidense. Se estima que el país cuenta con más de 30 aviones de combate funcionales, alrededor de 40 buques de guerra y hasta 200 tanques. Las fuerzas armadas suman aproximadamente 150.000 efectivos entre todas sus ramas, según John Polga-Hecimovich, investigador especializado en Venezuela en la Academia Naval de Estados Unidos.
Además del ejército regular, Maduro ha construido una red de defensa paralela. Los llamados colectivos, células armadas pro gubernamentales, actúan como fuerzas paramilitares no oficiales. Junto con la Milicia Bolivariana —una reserva armada de civiles—, conforman una capa adicional de resistencia. Maduro afirma que esta milicia puede movilizar hasta 8 millones de personas, aunque expertos consideran esa cifra una exageración. Polga-Hecimovich estima un millón como un número más realista, aunque duda de su eficacia ante una fuerza militar tecnológica y abrumadora como la de Estados Unidos.
¿Cómo responderían ante una invasión?
El despliegue militar estadounidense en la región se ha intensificado: cerca de 10.000 soldados ya están posicionados, con miles más a punto de llegar a bordo del portaviones Gerald R. Ford. A este contingente se suman bombarderos B-52, drones Reaper y unidades de élite como “The Night Stalkers”, de Operaciones Especiales. Esta presencia supera con creces las capacidades convencionales venezolanas.
El gobierno de Donald Trump justifica la operación como parte de una campaña contra el narcotráfico, aunque Venezuela no tiene un papel central en el tráfico global de drogas. Ataques previos han dejado alrededor de 65 muertos en embarcaciones en el Caribe y el Pacífico oriental. Expertos en derecho internacional cuestionan la legalidad de estos ataques, al considerar que las víctimas no representaban una amenaza inmediata. Tanto Venezuela como Colombia han calificado los hechos como asesinatos.
Tras bambalinas, funcionarios del gobierno estadounidense admiten que el verdadero objetivo es derrocar a Nicolás Maduro. La CIA tiene autorización para operaciones encubiertas dentro del país, y el presidente Trump ha advertido sobre posibles ataques terrestres. Ante este escenario, las autoridades venezolanas han desarrollado estrategias de guerra asimétrica, entrenando civiles y preparando resistencia urbana. Los colectivos podrían transformar ciudades como Caracas en escenarios de combate caótico, aprovechando terrenos escarpados y edificios abandonados.
¿Hasta dónde llega la lealtad militar?
La fidelidad del alto mando a Maduro es un factor clave. Venezuela tiene un historial de intentos de golpe de Estado, incluyendo uno liderado por Hugo Chávez en 1992. Desde entonces, han circulado constantemente rumores sobre conspiraciones. Sin embargo, Maduro ha logrado neutralizar al menos nueve motines militares entre 2017 y 2020, la mayoría liderados por oficiales de rango medio.
La permanencia de Vladimir Padrino López como ministro de la Defensa durante 11 años es vista como un indicio de estabilidad en la cúpula militar. No obstante, su lealtad se sustenta en un entramado de control y represión. Agentes de inteligencia cubanos y de la Dirección General de Contrainteligencia Militar venezolana operan dentro del ejército, vigilando posibles actos de disidencia. Los oficiales acusados de traición enfrentan detención, tortura y, en algunos casos, muerte.
Este año, Chile reveló que Maduro habría ordenado el asesinato de Ronald Ojeda, exoficial venezolano de 32 años, cuyo cuerpo fue hallado enterrado bajo hormigón. El gobierno venezolano lo niega rotundamente. Según Foro Penal, una ONG, de los 875 presos políticos en Venezuela, 173 son militares.
El beneficio económico también juega un papel crucial. Altos mandos militares se han beneficiado de actividades ilícitas como el narcotráfico y la minería ilegal, lo que ha ligado sus intereses personales al mantenimiento del régimen.
“Ellos lo que quieren es prevalecer sus economías ilícitas”
, afirmó José Gustavo Arocha, ex teniente coronel del ejército venezolano.
¿Qué ocurriría si Maduro cae?
La caída de Maduro plantea múltiples incógnitas: ¿Apoyarán las fuerzas armadas a un nuevo gobierno? ¿Quién controlaría infraestructuras estratégicas como refinerías, aeropuertos o plantas eléctricas? ¿Podría el ejército fragmentarse en facciones rivales compitiendo por el control de rutas de contrabando y minas ilegales?
Zair Mundaray, exfiscal venezolano, considera poco probable una guerra civil fratricida. A diferencia de Libia o Siria, argumenta, Venezuela no tiene divisiones étnicas o sectarias profundas arraigadas históricamente.
“Veo poco probable una guerra fratricida”
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No todos comparten esta visión. Algunos expertos advierten sobre el riesgo de una insurgencia prolongada, a la manera de Irak tras la invasión estadounidense. La desbaazificación eliminó a miles de funcionarios y militares, muchos de los cuales se convirtieron en líderes de la resistencia. En Venezuela, la disolución del aparato militar actual sin una estrategia clara podría tener efectos similares. Además, ya operan en su territorio grupos rebeldes colombianos, y civiles entrenados por estos han apoyado al régimen en momentos de crisis.
