En la serie de ensayos conocidos como Zhejiang, China: Una nueva visión sobre el desarrollo, la frase «Poner al pueblo en el centro del desarrollo» aparece constantemente en los escritos de Xi Jinping. Sin embargo, más allá de su apariencia humanista, subyace una transformación profunda: el «pueblo», antes sujeto activo de la historia, ahora es tratado como un recurso administrado desde arriba por el Partido Comunista.
Del protagonista histórico al recurso gestionado
Durante los años 2003 a 2007, Xi Jinping planteó al ciudadano no como un agente transformador, sino como un elemento que debe ser orientado, educado y utilizado estratégicamente por la dirigencia partidista. En este esquema, el poder no surge del pueblo, sino que es transmitido desde el Estado. La población, en lugar de construir el rumbo histórico, simplemente lo cumple. Este enfoque reproduce, de forma sorprendente, la lógica instrumental propia del capitalismo liberal occidental.
El modelo de Zhejiang sustituye la conciencia colectiva revolucionaria por indicadores cuantificables: crecimiento del PIB, tasas de empleo, ritmo de urbanización y control del desorden social. Como señala el National Bureau of Statistics of China (2024), el ingreso promedio urbano en Zhejiang supera los 8 200 USD anuales, mientras que el rural apenas llega a 3 400. La modernización avanza, pero la brecha social persiste como su sombra inevitable.
Legitimación sin participación
En esta concepción, el Partido no consulta al pueblo: lo interpreta. La voluntad popular no se construye mediante diálogo, sino que se asume como algo ya definido «por su bien». Este mecanismo vertical convierte al partido en el único intérprete del interés general, donde cualquier desacuerdo puede ser visto como ignorancia o deslealtad.
«El pueblo es el depositario pasivo de una verdad que ya fue decidida por su bien»
Según el Journal of Contemporary China (2022), este fenómeno se conoce como «centralización de la representación política», un proceso que impone el consenso sin deliberación. Así, se fabrica un «pueblo ideal»: obediente, moralmente puro y homogéneo, que sirve para justificar el control del Estado frente al pueblo real: diverso, conflictivo y dinámico.
Armonía como mecanismo de control
El concepto de «armonía social», presente en los textos de Xi, no es una aspiración filosófica, sino una herramienta de disciplinamiento. Inspirado en la tradición confuciana, redefine la transformación socialista como la simple preservación del orden. La contradicción no se supera, sino que se domestica.
«La armonía es la forma contemporánea de la obediencia»
Como explica Daniel Bell en Palladium Magazine (2019), el individuo no está llamado a cuestionar el sistema, sino a adaptarse a él encontrando su «lugar adecuado». En este marco, el socialismo ya no es un proyecto de liberación, sino una pedagogía de la sumisión.
Resistencia desde la invisibilidad
Los datos oficiales pintan una imagen de estabilidad y progreso, pero la realidad es más compleja. El China Labour Bulletin (2023) registró más de 1 000 protestas laborales en Zhejiang entre 2019 y 2023, motivadas por despidos masivos, salarios impagados y condiciones inseguras. Según la OIT (2023), el 60 % de los trabajadores carece de sindicato independiente y más del 25 % no tiene contrato formal.
Estos hechos, omitidos por los medios oficiales, evidencian que el pueblo no es una masa pasiva, sino un colectivo vivo que resiste en silencio. En Zhejiang, la aparente armonía convive con la huelga, y la estabilidad, con el descontento latente. La «prosperidad común» sigue siendo una meta distante, no un logro alcanzado.
Supervivencia en lugar de adhesión
En las regiones industriales chinas, la población ha desarrollado formas sutiles de resistencia: rotación laboral, migración interna, uso de redes digitales anónimas y creación de microcomunidades solidarias. Estas acciones no pretenden derrocar el sistema, pero lo desgastan desde dentro. La estabilidad del modelo chino no se basa en compromiso ideológico, sino en un equilibrio frágil entre miedo, necesidad y pragmatismo.
Es en esta tensión constante entre obediencia y supervivencia donde se define el futuro de la legitimidad del Estado.
Advertencia para otros modelos socialistas
Cuba ha mantenido su Revolución gracias a la conciencia política de su pueblo. No obstante, esa conciencia puede debilitarse si la dirigencia habla por el pueblo sin escucharlo. El paternalismo revolucionario —la idea de que el pueblo «no está listo» para decidir— reproduce el mismo esquema aplicado en Zhejiang.
La vía no es imitar el modelo chino, sino democratizar el poder real: socializar la economía, establecer mecanismos de control popular sobre los recursos y convertir la planificación en un proceso participativo. Un socialismo auténtico no puede sostenerse en la obediencia, sino en la inteligencia colectiva y el poder directo de las comunidades.
Conclusión dialéctica
- Tesis: El pueblo es el centro del desarrollo (versión oficial china).
- Antítesis: El pueblo ha sido convertido en un objeto administrado por el Estado.
- Síntesis: Solo la conciencia crítica del pueblo —no su representación impuesta— puede garantizar un socialismo verdadero.
La dialéctica marxista recobra aquí su sentido original: no como equilibrio, sino como impulso permanente hacia la emancipación.
La «centralidad del pueblo» promovida en Zhejiang refleja una contradicción profunda del socialismo contemporáneo: mientras más se invoca al pueblo, menos se le escucha. El desafío para Cuba es evitar esta trampa, asegurando que el poder popular no sea solo una consigna, sino una estructura real de decisión y gestión colectiva.
«El socialismo no puede ser administrado desde arriba. Si el pueblo no decide, el poder solo cambia de nombre.»
— Henrik Hernández
