A cuatro décadas y un año de una de las peores tragedias industriales registradas en México, los sobrevivientes y familiares de las víctimas mantienen viva la memoria de la explosión ocurrida en la planta de Petróleos Mexicanos (PEMEX) en San Juan Ixhuatepec, ubicada en Tlalnepantla, Estado de México.
Un desastre que marcó la historia
En las primeras horas del 19 de noviembre de 1984, justo antes de las seis de la mañana, una fuga significativa de gas LP en las instalaciones de PEMEX liberó una densa nube tóxica que se extendió silenciosamente entre los tanques de almacenamiento y alcanzó las viviendas aledañas. La mayoría de los habitantes aún dormía cuando la nube, al contactar con una llama de seguridad, detonó con una fuerza devastadora, provocando una serie de explosiones que iluminaron el cielo y sacudieron todo el Valle de México.
Las temperaturas superaron los mil grados centígrados, generando una onda expansiva que destruyó todo a su paso, incluyendo cientos de viviendas, unidades habitacionales y la infraestructura de la planta.
Un entorno de alto riesgo ignorado durante años
Desde la década de 1970, la comunidad de San Juanico convivía con un peligro latente: la terminal de PEMEX operaba con más de 50 tanques que almacenaban cerca de 16 mil toneladas de gas LP, mientras el crecimiento urbano descontrolado permitía construcciones a menos de 150 metros de las instalaciones. A pesar de que los vecinos reportaron con frecuencia olores a gas y posibles fugas, no existían sistemas de alerta temprana, planes de evacuación ni canales efectivos de comunicación entre la empresa y la población.
«Un crecimiento urbano sin control generó una bomba de tiempo para la comunidad de San Juanico»
Este contexto de vulnerabilidad convirtió lo que pudo ser un incidente controlable en una catástrofe de proporciones monumentales, dejando tras de sí cientos de muertos, miles de heridos y un impacto social y emocional que persiste hasta hoy.
