Hace más de tres décadas, el arquitecto Bosco Gutiérrez Cortina fue víctima de un secuestro que duró 257 días, un periodo marcado por el aislamiento, el sufrimiento y una transformación espiritual profunda. Lo que podría haber sido una historia de horror se convirtió en un relato de resistencia, esperanza y fe inquebrantable.
El inicio del cautiverio
El 29 de agosto de 1990, en lo que entonces era el Distrito Federal, Gutiérrez Cortina, de aproximadamente 30 años, fue interceptado mientras se dirigía a su trabajo tras asistir a misa. Un grupo armado lo atacó, lo golpeó y lo introdujo a la fuerza en un vehículo. Testigos del hecho asumieron que se trataba de una detención policial, lo que permitió que los captores se alejaran sin ser molestados.
Lo trasladaron a una casa de seguridad donde lo encerraron en una habitación de apenas tres metros de largo por uno de ancho, sin ventanas ni luz natural. Durante meses, permaneció desnudo y con nulo contacto humano, salvo cuando uno de sus secuestradores le llevaba alimentos.
Una Navidad inolvidable en cautiverio
A los 118 días de cautiverio, en medio de la temporada navideña de 1990, Bosco Gutiérrez Cortina decidió enviar una nota a sus captores con un mensaje inesperado: “Hoy no somos secuestrado ni secuestradores”.
Esa noche, dejó una invitación: “Esta noche somos hijos de Dios. A las 8 p.m. vamos a rezar.” Aunque no esperaba respuesta, cinco hombres encapuchados llegaron al cuarto. El arquitecto tomó su Biblia y leyó el Evangelio del nacimiento de Jesús, compartiendo luego recuerdos de sus tradiciones familiares.
“Les hablé de Dios, de la Virgen, del perdón… Les conté de mi familia, de nuestras tradiciones navideñas”
Entre todos, rezaron un Padre Nuestro y diez Avemarías. Al finalizar, uno a uno, los secuestradores se acercaron bajo sus capuchas, con lágrimas en los ojos, y le estrecharon la mano. A partir de ese momento, el trato hacia él cambió: le devolvieron sus ropas y comenzaron a tratarlo con mayor respeto.
Pruebas de vida y conexión con la familia
A principios de 1991, la familia de Gutiérrez Cortina recibió una prueba de vida: una fotografía en la que aparecía con el ejemplar del New York Times del 7 de enero de ese año. A pesar del paso del tiempo y los cambios físicos —barba crecida, mirada transformada—, él describió aquel momento como de paz interior.
“Tenía 33 años. El pelo y la barba ya crecían. La mirada… ya no era la misma. Estaba feliz. Estaba en manos de Dios. Me sentía confiado y sereno”
Mientras tanto, sus familiares negociaban en secreto el pago de un rescate, sin saber que Bosco ya planeaba su fuga.
El escape milagroso
Tras 257 días de cautiverio, llegó la oportunidad. Usando un alambre extraído de su catre, Gutiérrez Cortina fabricó un gancho con el que logró abrir la puerta de su encierro. Al darse cuenta de que no podía volver a cerrarla, supo que debía huir.
Abrió dos puertas más y, por primera vez en más de ocho meses, vio la luz del sol. Avanzó en silencio, gateando para no despertar a uno de sus captores, que dormía en una habitación intermedia. Su única salida era una ventana que daba a un garaje.
Una vez allí, evadió a una mujer que lavaba trastes y salió a la calle. Se acercó a una joven que salía de su casa y le pidió ayuda. Ella entró, pero su padre lo expulsó a patadas. Aterrorizado, corrió hasta un sitio de taxis en Puebla. El primer conductor se negó a ayudarlo, pero el segundo aceptó llevarlo a la Ciudad de México, a cambio de una medalla que le dio como garantía.
Al llegar a la casa de su padre, se reencontró con Gaby, su esposa, quien acababa de llegar también. El reencuentro fue descrito como “impresionante”.
Perdón y silencio
Pese al sufrimiento vivido, Bosco Gutiérrez Cortina y su familia decidieron no presentar cargos contra sus captores. Su experiencia fue tan impactante que inspiró la película Espacio interior, protagonizada por el actor Kuno Becker.
“En medio del encierro, entendí algo que me cambió para siempre: Todo tiene sentido cuando le entregas a Dios el mando de tu vida”
