«Good night, happy new year», pronunció Nicolás Maduro al descender del avión que lo trasladó a Nueva York en condición de detenido. Lo dijo con una sonrisa ensayada, como si arribara a un destino vacacional en el Caribe, no a una ciudad en tensión, rodeada de sirenas, comunicados de emergencia y una atmósfera de angustia colectiva previa a desastres anunciados. Esa frase, dicha en inglés, no fue un mero saludo: fue una provocación medida o una rendición cantada.
Un contraste cargado de significado
En ese instante, el contraste entre gesto y realidad fue abismal. Mientras el mandatario ofrecía buenos deseos, en Venezuela —especialmente en Caracas— reinaba un silencio denso, atravesado por el miedo. «¿Qué irá a pasar?», se preguntaban en susurros, temiendo compartir sus inquietudes en redes o entre familiares «para no ser denunciado». Nadie sabía si al día siguiente las tiendas estarían vacías. Una vez más, el concepto de soberanía resurgía como un talismán retórico para ocultar la descomposición cotidiana.
En la narrativa del poder, el cinismo ya no requiere justificación. Basta una frase ligera para sepultar el estruendo de la realidad.
El retorno del villano externo
De inmediato, la supuesta «invasión» estadounidense —más discursiva que física, más simbólica que concreta— se convirtió en el eje central del relato oficial. La veracidad de los hechos era irrelevante; lo crucial era el cuento que se difundía en la región. Estados Unidos volvía a encarnar al villano histórico, ese enemigo foráneo que lo explica todo y redime al gobierno de toda culpa. El hambre, la hiperinflación, el colapso institucional y la migración masiva podían volver a empaquetarse bajo una sola etiqueta: la agresión imperial.
La ironía es profunda. El régimen que por años denunció el imperialismo cultural terminó usando el idioma del enemigo para anunciar el derrumbe nacional. «Good night» no fue solo una despedida protocolaria, sino un adiós encubierto a la verdad, al pudor político y a la empatía con un pueblo devastado. En ese gesto frívolo se condensó toda una forma de gobernar: transformar el sufrimiento colectivo en espectáculo de eslóganes, consignas y enemigos de ocasión.
La épica como refugio del poder
Este recurso no es novedoso. Cuando el poder pierde contacto con la realidad material, se escuda en la épica. Cuando ya no puede garantizar bienestar, promete resistencia. Y cuando deja de convencer, recurre al drama. Por eso, la amenaza externa se vuelve vital: no como peligro real, sino como carga emocional para sostener una narrativa que hace tiempo carece de base factual… y que Maduro ha alimentado durante meses.
Mientras tanto, la población permanece atrapada en un teatro geopolítico que no escribió. No necesita invasiones reales ni ficticias para sentirse asediada: le basta con la carencia diaria, con la migración forzada de sus seres queridos, con la sensación de vivir en un país que solo se entiende en términos de derrotas pasadas o batallas eternas, jamás como un territorio con futuro. Un país, además, que posee las reservas de petróleo probadas más grandes del mundo, cuyos beneficios solo han llegado a unas cuantas élites.
Un año nuevo sin esperanza
Así, el «happy new year» resonó como una burla —involuntaria o plenamente consciente— hacia millones de venezolanos para quienes el nuevo año no anuncia renovación, sino más resistencia. En política, el sarcasmo desde el poder no es humor: es una brecha moral.
Mientras tanto, en otros países, los discursos oficiales siguen proclamando resistencia, poniendo sus barbas a remojar. Pero la realidad avanza en silencio. Porque ningún enemigo externo, real o inventado, podrá ocultar eternamente la verdad más incómoda: los países no colapsan por invasiones, sino por la erosión lenta de la responsabilidad, la autocrítica y la dignidad pública.
Y eso ha sucedido durante mucho tiempo en Venezuela.
