«Delcy y su gente están jugando a la supervivencia»: así se describe la actual etapa del chavismo, un movimiento político que desde 1999 ha mutado profundamente para mantenerse en el poder en Venezuela, hoy representado por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez.
Del discurso antiimperialista a la lucha por la permanencia
El recuerdo más icónico del chavismo en el escenario internacional es el discurso de Hugo Chávez en la ONU en 2006, cuando calificó a Estados Unidos como «el diablo» y afirmó que «huele a azufre todavía esta mesa donde me ha tocado hablar». En ese momento, Chávez se consolidaba como una voz disidente del orden global liderado por Washington, con un discurso socialista y antiimperialista que resonó en América Latina y más allá.
Pero el movimiento que Chávez fundó ha evolucionado desde entonces. Hoy, bajo la figura de Delcy Rodríguez, el tono sigue siendo confrontativo: acusa a EE.UU. de «secuestro» tras la captura del presidente Nicolás Maduro en enero, y denuncia la tutela estadounidense sobre las ventas de petróleo venezolano. Sin embargo, la estrategia parece centrarse más en la supervivencia política que en la transformación ideológica.
Los orígenes de la «democracia participativa»
Según Margarita López Maya, experta en política venezolana, Chávez llegó al poder en 1998 prometiendo una «democracia participativa y protagónica», incorporada en la Constitución de 1999. Dicha propuesta incluía mecanismos como referendos y asambleas ciudadanas, buscando romper con el modelo liberal tradicional y empoderar a la población en las decisiones públicas.
En un inicio, Chávez no se presentaba como un líder socialista. Su discurso giraba en torno a la lucha contra la corrupción, sin planes de estatizar empresas. Incluso llegó a calificar a Cuba como una «dictadura» en una entrevista televisiva, alineándose más con el modelo de la Tercera Vía de Tony Blair.
Sin embargo, su ejercicio del poder se volvió rápidamente personalista, generando una fuerte polarización. Sectores empresariales, medios de comunicación y la gerencia de Pdvsa se opusieron a su gobierno, lo que derivó en un intento de derrocamiento en abril de 2002 —que duró menos de 48 horas— y un paro petrolero de dos meses en 2002-2003.
El giro hacia el socialismo del siglo XXI
A partir de 2005, Chávez anunció una «transición al socialismo». David Smilde, especialista en Venezuela, señala que esta decisión respondió a la necesidad de un discurso más contundente: «hablar de democracia participativa no generó apoyo suficiente».
En 2006, Chávez ganó las presidenciales con más del 60% de los votos promoviendo el «socialismo del siglo XXI». Sin embargo, según López Maya, esta propuesta se apartó de los principios participativos iniciales. La reforma constitucional de 2007, aunque fue rechazada en referendo, buscaba establecer un «poder popular» que ella considera más cercano a los regímenes comunistas de la órbita soviética que a una auténtica democracia.
El auge del estado comunal y el control estatal
A pesar de la derrota electoral en 2007, Chávez continuó instaurando el socialismo mediante leyes que impulsaron los consejos comunales y las comunas. «Eso nadie lo estaba pidiendo, pero mientras tuvo dinero, sobrevivió», afirma López Maya.
Paralelamente, Venezuela vivió un boom económico alimentado por el precio del petróleo, que superó los 100 dólares por barril. Entre 1999 y 2012, el país recibió aproximadamente 780.000 millones de dólares, según el Observatorio Venezolano de Finanzas.
Javier Corrales, politólogo de Amherst College, indica que el consumo desbocado no fue fruto de las políticas chavistas, sino de la bonanza petrolera: «fue parte del boom petrolero que trajo una inyección descomunal de dinero». No obstante, el gobierno de Chávez aprovechó esa riqueza para nacionalizar más de 1.100 empresas entre 2002 y 2012, según la Confederación Venezolana de Industriales.
El Estado expandió su control sobre la economía, fijó precios y reguló al sector privado con medidas extremas. «Con Chávez todo se nacionalizó, se expandió el sector público y se impusieron regulaciones exorbitantes», resume Corrales.
