La historia, lejos de ser una simple lista de eventos y fechas, cumple un rol esencial como advertencia. Es la escuela más ineludible, que recuerda con crudeza cómo los peores crímenes de la humanidad no iniciaron con armas ni explosivos, sino con normas, discursos y decretos que privaron a millones de su dignidad. Este patrón se evidencia claramente en las Leyes de Núremberg, instrumento legal del régimen nazi en 1935 que convirtió el racismo y la exclusión en políticas oficiales. En la actualidad, siglos después, esas prácticas resurgen de manera diferente pero con el mismo menosprecio hacia la vida humana en las acciones de Donald Trump, exmandatario estadounidense, y Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel.
Antecedentes del autoritarismo legalizado
El 15 de septiembre de 1935, durante un congreso del Partido Nazi en Núremberg, Adolf Hitler transformó su ideología racista en un sistema jurídico. Dos leyes principales definieron esta exclusión: la Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemán y la Ley de Ciudadanía del Reich. Estas normativas negaron derechos fundamentales a los judíos, prohibieron matrimonios y relaciones con “arios”, impusieron símbolos de segregación y degradaron a millones al rango de “no ciudadanos”.
Estas leyes no solo sirvieron para marginar. Fueron el preludio del Holocausto. Al legalizar el prejuicio, se normalizó la exclusión, que evolucionó hacia campos de exterminio, hornos crematorios y fosas comunes.
El derecho convertido en herramienta de opresión
El derecho, cuando pierde su esencia humana, se convierte en un arma precisa para cometer atrocidades. Este fenómeno se ha repetido en distintas formas en la actualidad. Durante el mandato de Donald Trump, la política migratoria de Estados Unidos adoptó tonos autoritarios y xenófobos. Desde el inicio de su gobierno, su discurso fue inequívoco: los migrantes —especialmente los provenientes de Latinoamérica— eran catalogados como criminales, violadores y una amenaza. Pero lo más preocupante fue que esas palabras se tradujeron en políticas públicas concretas, similares a las acciones del régimen nazi.
Trump promovió redadas en lugares de trabajo, amenazó con revocar la ciudadanía a hijos de migrantes nacidos en Estados Unidos y recientemente propuso un impuesto del 3.5% sobre las remesas, medida que afecta de manera directa a comunidades vulnerables. Estas acciones han generado una ciudadanía de primera y otra de segunda. En este esquema, cumplir la ley no es suficiente: el origen étnico y el estatus migratorio determinan el valor de una persona.
El castigo colectivo en Gaza
El caso de Benjamin Netanyahu refleja otro capítulo de esta dinámica: el exterminio indirecto, el castigo colectivo y el odio despersonalizado. Tras el ataque de Hamás en octubre de 2023, Israel inició una campaña militar que ha provocado la muerte de más de 35 mil palestinos, en su mayoría civiles. Pero más allá de las cifras, lo inquietante es la justificación utilizada: “todos son sospechosos, todos son objetivo militar, todos deben pagar”.
El bloqueo a Gaza es absoluto: escasea el agua, la electricidad, y la medicina. Se impide el ingreso de ayuda humanitaria, se bombardean hospitales, campos de refugiados y escuelas. El hambre se convierte en un arma de guerra. La intención de Netanyahu no es únicamente eliminar a Hamás, sino destruir Gaza y convertir a sus habitantes en marginados.
Patrones históricos y desafíos actuales
La lógica empleada recuerda la del régimen nazi: identificar a un grupo como enemigo esencial, despojarlo de humanidad y justificar cualquier acción contra él como defensa nacional. No importa si son mujeres, niños, ancianos o civiles inocentes. Todos son parte del enemigo colectivo.
Algunos podrían argumentar que comparar las Leyes de Núremberg con las políticas de Trump y Netanyahu es exagerado, una simplificación histórica. Sin embargo, lo que se repite no son las formas específicas, sino los patrones: la estigmatización del otro, la creación de subhumanos, el uso de la ley como instrumento de exclusión, el racismo institucionalizado y la indiferencia ante los derechos humanos.
Trump no construyó campos de exterminio, pero sí jaulas. No quemó libros, pero prohibió ciertas palabras. Netanyahu no promueve leyes explícitamente racistas, pero sus acciones generan una realidad aún más cruel: la aniquilación por saturación, la muerte por inanición, una limpieza étnica encubierta.
Lo más grave es que estas políticas cuentan con respaldo institucional y popular. Las decisiones migratorias de Trump fueron respaldadas por votos y legislaciones. Los ataques de Israel tienen el apoyo del Parlamento y potencias occidentales, incluyendo a Estados Unidos.
La importancia de la memoria y la acción
Las Leyes de Núremberg no fueron un accidente. Fueron el resultado de una ideología que logró apoyo legal y popular. Lo mismo sucede con las políticas de Trump y Netanyahu: no surgieron en el vacío, sino en contextos donde el miedo, el odio y el nacionalismo se han convertido en moneda común.
No se trata de denunciar por denunciar, sino de actuar. Es necesario nombrar las cosas con claridad: lo que ocurre en Gaza bajo Netanyahu es una forma de limpieza étnica. Las políticas migratorias de Trump representan un apartheid migratorio. Y si no se detienen, condenarlas y juzgarlas, volverá a suceder.
Los organismos internacionales no pueden actuar con indiferencia. La Corte Penal Internacional debe investigar, juzgar y sancionar a quienes violan el derecho humanitario. La sociedad civil debe movilizarse, como lo hizo contra el apartheid sudafricano. Y los intelectuales, artistas y periodistas deben alzar la voz, incluso si incomoda a los poderosos.
“Nunca más” fue la promesa tras la Segunda Guerra Mundial. Nunca más el racismo legalizado. Nunca más campos de concentración. Nunca más la aniquilación de un pueblo por su origen. Hoy, esa promesa se ha quebrado.
En los muros de Auschwitz se lee: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. En la indiferencia global actual, esa frase adquiere un nuevo significado. No enfrentamos una repetición exacta del nazismo, pero sí su sombra más peligrosa: su normalización.
Mientras haya niños sin agua en Gaza, mientras haya migrantes perseguidos por su origen, mientras la ley siga siendo usada para excluir y matar, la advertencia de Núremberg seguirá vigente. Nuestra obligación no es solo recordar el pasado, sino impedir que se repita.
Porque la historia no perdona a los indiferentes. Y el futuro juzgará duramente a quienes, pudiendo hablar, eligieron el silencio. “Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.”
