SAN DIEGO — Durante décadas, desde la era Reagan, numerosas élites extranjeras han sostenido que el modelo económico estadounidense, basado en bajos impuestos y mínima regulación, es arriesgado y poco sostenible. Argumentan que naciones con fuertes subsidios familiares y entornos empresariales altamente regulados logran niveles de ingreso similares. Sin embargo, dos realidades económicas contradicen esta visión: el crecimiento sostenido de EE.UU. y su rol como sostén de múltiples industrias globales.
El impulso económico del modelo estadounidense
En la última década, la economía de EE.UU. ha crecido a un ritmo claramente superior al de países como Canadá y Alemania, en algunos casos con ventajas del 20%. En los mercados bursátiles, la tendencia es aún más marcada: el índice S&P 500 ha aumentado cerca del 250% desde 2015, el doble que los mercados del resto del G7. Este desempeño no es casual, sino el resultado de un ecosistema que favorece la innovación, el riesgo empresarial y la reinversión constante.
Uno de los aspectos más subestimados es el papel de EE.UU. como motor de desarrollo para industrias estratégicas. Mientras otros países reducen su inversión en investigación, Estados Unidos, con menos del 5% de la población mundial, financia aproximadamente la mitad del gasto global en I+D farmacéutico. En contraste, el Reino Unido destina apenas el 0.28% de su PIB a nuevos medicamentos, un tercio del esfuerzo estadounidense.
El costo oculto del acceso a medicinas avanzadas
Cuando una empresa anuncia «¡eureka, hemos hallado una nueva cura!», el sistema de precios sin regulación estricta en EE.UU. permite recuperar los altos costos de desarrollo cobrándolos principalmente a consumidores nacionales. Esto significa que ciudadanos estadounidenses pagan hasta 2.5 veces más por medicamentos que luego son adquiridos a precios reducidos por europeos. Esta diferencia es clave: sin ese subsidio encubierto, muchos fármacos no saldrían del laboratorio.
En el sector energético, la revolución del esquisto en EE.UU. no solo transformó su independencia energética, sino que también estabilizó los precios internacionales del petróleo. Durante conflictos como la guerra entre Rusia y Ucrania o el cierre del gas ruso a Europa, fueron los puertos de gas natural licuado en Texas y Luisiana los que suministraron el recurso vital. Países como Francia y Alemania poseen reservas de esquisto, pero sus regulaciones impiden su explotación, priorizando restricciones ambientales sobre la autosuficiencia.
Tecnología y capital riesgo: el eje del liderazgo global
En el ámbito tecnológico, Silicon Valley y su ecosistema de capital riesgo concentran inversiones que superan los 300,000 millones de dólares anuales —cinco veces más per cápita que los países nórdicos. Con el triple de startups valoradas en mil millones de dólares o más (llamados unicornios) que la Unión Europea, EE.UU. impulsa innovaciones que terminan siendo adoptadas globalmente. Aunque cerca del 70% de las startups tecnológicas fracasan en cinco años, esta cultura de tolerancia al fallo es vista como un motor de progreso, no como un desperdicio.
«para ganar dinero en tecnología e inteligencia artificial, pónganlo en Estados Unidos»
Esta recomendación, escuchada en un congreso de inversores en Seúl, refleja una percepción creciente: incluso competidores como Samsung, LG y SK Hynix ya no logran mantener el ritmo frente a gigantes estadounidenses como Oracle y Palantir. Las empresas europeas dependen en un 70% de servicios de nube estadounidenses, y satélites europeos son lanzados al espacio por compañías privadas como SpaceX y Blue Origin.
Un modelo en riesgo
El éxito de EE.UU. se ha construido sobre un mercado dinámico, pero enfrenta amenazas internas. Los planes de la administración Trump de obtener participaciones accionarias en empresas estratégicas —como Intel, Palantir y Boeing— plantean interrogantes sobre el papel del Estado en la economía. Si bien algunos republicanos respaldan esta medida, se cuestiona si establece un precedente peligroso para futuros gobiernos, independientemente de su partido.
Así, aunque EE.UU. pueda parecer un vaquero rudo, con botas llenas de barro y un estilo directo que incomoda a las élites globales, es también quien mantiene la estabilidad en defensa, abastece el mundo con medicinas, impulsa la tecnología y lanza satélites. Si las regulaciones lo frenan, el costo no lo pagarán solo sus ciudadanos, sino todos los que hoy se benefician en silencio de su liderazgo.
