La experiencia de asistir a una sala cinematográfica parece haberse vuelto un recuerdo lejano para muchos, ante el auge de los servicios de transmisión digital que ofrecen películas en línea. Un cuestionamiento familiar sobre cuánto tiempo ha pasado desde la última visita al cine revela lo distante que puede estar esa práctica, que antes era un gusto compartido y colectivo.
La experiencia colectiva vs. la comodidad digital
Ir al cine representaba un momento de convivencia y disfrute, donde cientos de espectadores compartían emociones como la risa o el llanto. Actualmente, las modernas salas, equipadas con asientos tipo sillón, enfrentan la competencia del sistema digital, el cual permite acceder a un vasto catálogo de obras desde casa por una cuota, bajo la premisa de no salir y evitar lo que ocurre en el exterior.
A pesar de esto, la experiencia de la sala cinematográfica se mantiene como algo único y grandioso. Hubo un tiempo en que se pronosticaba la desaparición de estos grandes recintos, que por unos cuantos pesos proyectaban una, dos o tres películas, dependiendo de si eran estrenos o reestrenos y de la calidad de la instalación.
La evolución tecnológica en el hogar
En la década de los noventa, el sistema Beta apareció como una novedad que permitía ver cine en casa, requiriendo la compra de un equipo especial y una televisión mejorada, además del pago por el alquiler de cintas por un tiempo limitado. Esta novedad llevó a muchos a encerrarse los fines de semana para maratonear películas.
Sin embargo, este sistema fue rápidamente desplazado por el formato VHS, lo que implicó una nueva inversión en equipo y televisores prometiendo mejor definición y sonido ambiental. Este ciclo de consumo continuó con el alquiler de películas.
El cine como arte integral
El cine, un arte con poco más de un siglo, sintetiza otras disciplinas artísticas e intensifica los sentidos, haciendo al espectador partícipe de la historia a través de la fotografía, las actuaciones, los diálogos, la música y el vestuario. Existen obras consideradas arte, como «Los olvidados» de Buñuel, «El ciudadano Kane» de Orson Welles o «El Padrino I» de Coppola.
También hay películas excelentes que motivan a seguir viendo cine, siendo este adictivo cuando es de calidad. Es imposible enumerar todas las grandes obras, ya que cada propuesta cinematográfica tiene distintos niveles de éxito, pues el arte se expresa con diferentes intensidades.
Recuerdos personales de la infancia
El gusto por el cine comienza con la conciencia del entorno. En un pueblo de Oaxaca, las proyecciones de fin de semana del «Cine el Portón» eran un evento. Un hombre llegaba con su proyector y películas en latas, instalando cortinas para las funciones infantiles por la tarde y para adultos por la noche, aunque los niños lograban colarse para ver bailes exóticos de estrellas como Meche Barba.
Una anécdota infantil involucra una visita al Cine Mitla en Oaxaca, donde un tío, al percatarse de que proyectaban una película para adultos, cubrió los ojos de los niños y decidió salir, aunque no de inmediato. Más tarde, en la Ciudad de México, los cines Mariscala y Coloso en el Eje Central eran refugios dominicales familiares para ver comedias y películas de vaqueros mexicanos.
El legado del cine mexicano
Las preferencias de entonces incluían a vaqueros justicieros interpretados por actores como Dagoberto Rodríguez, Raúl de Anda, Pedro Infante, Tony Aguilar y Luis Aguilar, quienes protagonizaban historias con final feliz junto a bellas actrices como Ana Bertha Lepe o Sara Montiel. Aunque algunos críticos podrían calificar estas producciones como «churros», eran películas muy mexicanas, entretenidas y alegres.
El cine ofrece mucho en la vida, hay para todos los gustos y su arte se queda impregnado en la memoria. Al adentrarse en las películas, uno descubre la vida y sus posibilidades, incluso el sueño de ser parte de una propia película donde todo se soluciona. El cine, con sus diálogos, actuaciones, dirección, ritmo, fotografía y música inolvidable, es un regalo para el mundo.
