La reciente ola de indignación por casos de maltrato animal en México, como el asesinato a golpes de una cachorra en la Ciudad de México o el arrastre de un perro llamado Rocky en Coahuila, ha reavivado el debate sobre la responsabilidad del Estado y la sociedad hacia los seres capaces de sentir dolor, miedo y apego. Esta reflexión, inspirada en la pregunta del filósofo Jeremy Bentham —’¿pueden sufrir?’—, plantea que la ampliación de los derechos y la consideración moral hacia los animales es un paso más en la evolución de las democracias.
El autor, quien adoptó a una perrita mestiza llamada Tomasa, describe cómo la convivencia con ella ha cambiado su perspectiva. Desde un punto de vista personal, menciona el efecto Baader-Meinhof, donde al descubrir algo nuevo, parece que está en todas partes, y cómo esto lo ha llevado a pensar con más frecuencia en los animales y sus emociones.
El cambio cultural y científico
El texto señala que, hace décadas, las mascotas eran vistas como animales útiles, pero hoy ocupan un lugar afectivo crucial en las familias. La ciencia respalda este cambio: en 2024, cientos de especialistas firmaron la Declaración de Nueva York sobre la Conciencia Animal, afirmando que muchas especies poseen experiencias conscientes y que el sufrimiento está más extendido en el reino animal de lo que se pensaba.
México ha respondido a este conocimiento. En 2024, la Constitución incorporó la protección y el bienestar animal, obligando al Estado a garantizar su protección y al Congreso a expedir una Ley General en la materia. Sin embargo, el autor advierte que las leyes no bastan y que la distancia entre la norma y la realidad sigue siendo amplia.
La necesidad de políticas integrales
La Ciudad de México ha fortalecido su política de bienestar animal con campañas de esterilización, clínicas veterinarias públicas y la Brigada de Vigilancia Animal. Otros estados han creado fiscalías especializadas. El autor sostiene que no basta con aumentar las penas para quienes maltratan animales, sino que se necesita una política pública integral que eduque desde la infancia, facilite la atención veterinaria y apoye a los municipios en el manejo ético de animales abandonados.
Además, se destaca que convivir con animales de compañía mejora indicadores de bienestar psicológico y que son parte de las redes de cuidado. El autor concluye que proteger a los animales es una responsabilidad compartida: las instituciones deben actuar, pero también los ciudadanos al adoptar, esterilizar, vacunar y denunciar el maltrato.
Finalmente, el autor reflexiona que una sociedad civilizada se reconoce no solo por el respeto hacia las personas, sino por la responsabilidad que ejerce sobre quienes dependen de ella. Tomasa, su perrita, no sabe de la Constitución ni de Bentham, pero su confianza es un recordatorio de ese deber.
