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Diferenciar la privacidad de la soledad peligrosa es clave para detectar riesgos de suicidio en adolescentes

Identificar cuándo la necesidad de privacidad de un joven se transforma en un aislamiento preocupante es fundamental para prevenir conductas suicidas. La psicóloga Paloma Huertas Maestre, especialista en intervención con adolescentes, advirtió que, si bien la autonomía requiere espacios propios, el aislamiento progresivo es una señal de alerta que no debe ignorarse.

La experta señaló que el peligro surge cuando la búsqueda de intimidad deriva en una desconexión total de la vida cotidiana, manifestada en el abandono de responsabilidades escolares, la pérdida de contacto con amigos o el desinterés por pasatiempos. Según Huertas, no se trata de patologizar cada conducta propia de la edad, pero tampoco de normalizar cambios drásticos y persistentes en el comportamiento habitual.

Señales de alerta y complejidad del fenómeno

Aunque no existe un síntoma único que prediga un intento de suicidio, la acumulación de cambios es lo que genera mayor preocupación. Entre las señales más claras se encuentran las autolesiones, expresiones de desesperanza, sentimientos de ser una carga para los demás o el deseo de desaparecer. Asimismo, la búsqueda de métodos de suicidio en internet o conductas que parecen despedidas son indicadores críticos.

No obstante, la especialista fue enfática al aclarar que la detección no es una ciencia exacta:

«El fenómeno suicida es muy complejo y nuestra capacidad para predecir qué persona concreta realizará una conducta suicida es limitada»

Por ello, la recomendación es observar el panorama completo de la conducta del menor.

Cómo abordar la situación con empatía

Para acercarse a un joven en crisis, la doctora Huertas sugiere que los adultos deben primero controlar su propia angustia para evitar reaccionar con reproches o interrogatorios que provoquen que el adolescente se cierre aún más. La clave reside en mantener una «curiosidad tranquila» y una escucha empática, sin intentar resolver el problema de inmediato con consejos apresurados.

La psicóloga también desmitificó el miedo a hablar del tema, asegurando que preguntar directamente sobre la muerte o el deseo de hacerse daño no induce al acto, sino que puede ayudar al menor a verbalizar sufrimientos que no sabía cómo expresar. El acompañamiento debe basarse en la confianza y, de ser posible, en gestos de afecto físico si el joven lo permite.

En un contexto global, datos de la iniciativa ANAR muestran la magnitud del problema: durante 2025, cerca de 20,000 menores contactaron con sus líneas de ayuda, de los cuales 6,467 presentaban conductas suicidas y 1,405 ya habían realizado intentos.

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