Cerca de 470 millones de personas en el continente americano, es decir dos de cada cinco habitantes, padecen al menos un trastorno neurológico o relacionado con lesiones del sistema nervioso. Así lo revela un análisis publicado en The Lancet Regional Health – Americas, que señala a la migraña, el Alzheimer y el autismo como los padecimientos que marcan el perfil regional.
De acuerdo con el estudio, basado en el Estudio de la Carga Mundial de Enfermedad 2023 y liderado por investigadores de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en 2023 estas enfermedades provocaron aproximadamente 1.1 millones de muertes y fueron responsables de 37.5 millones de años de vida ajustados por discapacidad. En total, representan el 12 % de la carga de enfermedades no transmisibles y lesiones en la región.
“Hoy más personas sobreviven a los trastornos neurológicos, pero también viven más tiempo con sus consecuencias. Esto exige que los sistemas de salud se adapten para ofrecer más rehabilitación, cuidados de largo plazo y apoyo a las personas que viven con discapacidad”, señaló Ramón Martínez, especialista en métricas de salud de la OPS y autor principal del trabajo.
Migraña, Alzheimer y autismo: los padecimientos con mayor impacto
La investigación analizó 19 trastornos en 38 países y territorios entre 1990 y 2023. La migraña y la cefalea tensional son las que concentran el mayor número de casos, afectando la calidad de vida y la productividad laboral. Sin embargo, en términos de pérdida de salud, la enfermedad de Alzheimer y otras demencias, junto con los accidentes cerebrovasculares (ACV), lideran la carga.
El impacto cambia según la edad: en menores de cinco años predominan los defectos del tubo neural, los trastornos del espectro autista y la epilepsia; en jóvenes y adultos jóvenes, la migraña es una causa principal de discapacidad; y en adultos mayores, el Alzheimer y los ACV concentran la mayor presión sobre los sistemas sanitarios.
Factores de riesgo prevenibles y desigualdades
Los expertos subrayan que una parte importante de esta carga se puede prevenir. La hipertensión arterial es el principal factor de riesgo para los accidentes vasculares, mientras que los niveles elevados de glucosa impulsan la carga asociada al Alzheimer. Factores ambientales como la contaminación del aire y la exposición al plomo también agravan la situación.
“Muchos de estos trastornos comparten factores de riesgo con otras enfermedades no transmisibles. Una mejor prevención de la hipertensión, la diabetes, la obesidad y el tabaquismo generaría beneficios directos para la salud neurológica”, afirmó el doctor Anselm Hennis, director del Departamento de Enfermedades No Transmisibles y Salud Mental de la OPS. Renato Oliveira, jefe de la Unidad de Salud Mental de la organización, añadió que “proteger la salud cerebral comienza mucho antes de que aparezcan los primeros síntomas”.
El estudio también revela fuertes disparidades regionales. Las tasas más altas de estos trastornos se registran en Haití, Guyana, Surinam, San Cristóbal y Nieves, República Dominicana y Paraguay, mientras que las más bajas corresponden a Puerto Rico y varias naciones sudamericanas. Estas diferencias reflejan brechas en la exposición a riesgos y, sobre todo, en el acceso a servicios de diagnóstico, tratamiento y rehabilitación.
Propuestas para una atención neurológica integrada
Frente a este escenario, los autores del estudio proponen tres líneas de acción prioritarias: integrar la atención neurológica en la atención primaria de salud, ampliar drásticamente el acceso a servicios de rehabilitación y cuidados de largo plazo, y reforzar las políticas de prevención de factores de riesgo modificables.
Con una población que envejece rápidamente en las Américas, los investigadores advierten que invertir en prevención y fortalecer las redes de apoyo no es solo una cuestión de salud pública, sino un imperativo para garantizar la calidad de vida de cientos de millones de personas en las décadas venideras. Muchas de las intervenciones necesarias ya forman parte de las estrategias contra las enfermedades no transmisibles, lo que ofrece una oportunidad concreta para integrar la salud cerebral en las políticas y programas existentes.
