En Ciudad Juárez, el estado de las calles se ha convertido en un indicador de la calidad de la gestión pública, aunque ningún gobierno lo incluya en sus informes oficiales. El bache, lejos de ser un problema menor, representa un síntoma de un modelo que, para muchos, premia la reparación constante sobre la construcción duradera.
El Gobierno Municipal reportó que durante el 2025 se atendieron más de 27 mil baches, con una inversión cercana a los 90 millones de pesos. Desde 2021, la cifra supera los 107 mil baches reparados a través de programas de mantenimiento. Sin embargo, la pregunta que surge no es cuántos se tapan, sino por qué siguen apareciendo año tras año.
El ciclo de la reparación
La autora del texto, Guadalupe Parada Gasson, plantea que si una vivienda necesitara cambiar el techo cada seis meses, nadie culparía a la lluvia, sino a un defecto en la construcción o los materiales. Con las calles, argumenta, ocurre lo mismo. En ingeniería civil, la reconstrucción repetitiva de la misma infraestructura es señal de fallas en el diseño, la ejecución, la supervisión o la conservación preventiva.
La columna cuestiona quién responde cuando una obra pública fracasa antes de cumplir su vida útil. Cada calle destruida tiene un responsable administrativo: empresas ejecutoras, supervisores, residentes de obra, laboratorios de calidad y funcionarios. Sin embargo, cuando el pavimento colapsa, la responsabilidad parece diluirse.
El costo para el ciudadano
El problema no es solo de infraestructura, sino también económico. El ciudadano paga dos veces: primero con impuestos para construir la vialidad y luego con la reparación de llantas, rines, suspensiones y otros daños derivados del deterioro. La corrupción, según la autora, no siempre se presenta en un sobre con dinero, sino que puede disfrazarse de una obra mal hecha que obliga a contratar otra meses después, generando nuevos contratos y nuevos gastos.
No se afirma que toda obra pública sea corrupta, pero sí se cuestiona si el sistema actual incentiva la calidad sobre la cantidad. Si el éxito se mide por el número de baches reparados y no por el tiempo que duran sin reaparecer, el indicador premia el síntoma, no la solución.
Auditorías y rendición de cuentas
La autoridad municipal reconoce que el programa de bacheo es permanente y que cada mes se intervienen miles de hoyos en más de cien colonias. Esto significa que el problema dejó de ser extraordinario para convertirse en parte del funcionamiento cotidiano del gobierno. La autora sostiene que cuando un problema permanente consume recursos permanentes, también debe generar auditorías permanentes.
Las encuestas del INEGI ubican a los baches entre los principales problemas urbanos, reflejando su impacto en la calidad de vida y la confianza en los gobiernos locales. Cada llanta destruida representa dinero que una familia deja de gastar en educación, alimentación o salud. Cada ambulancia que reduce la velocidad para esquivar un bache pierde segundos que pueden significar una vida.
Por eso, la columna concluye que los baches no son solo un problema de infraestructura, sino también económico, de competitividad, de confianza institucional y, sobre todo, de rendición de cuentas. Mientras la obra pública se mida por metros pavimentados y no por años de durabilidad, el negocio seguirá siendo redondo: las constructoras construirán, los gobiernos inaugurarán, los ciudadanos pagarán y el bache esperará la siguiente campaña electoral para desaparecer temporalmente.
