En Pachuca, la Parroquia Basílica de Santa María de Guadalupe, conocida como La Villita, se transformó este 12 de diciembre en un epicentro de devoción y tradición al recibir desde la madrugada a más de 10 mil fieles que llegaron para entonar las mañanitas a la Virgen. A partir de las siete de la mañana, con el inicio de la primera misa, y hasta el mediodía, se calcula que superaron las 50 mil personas que acudieron a participar en las celebraciones eucarísticas y cumplir sus promesas religiosas.
El flujo constante de peregrinos no cesó durante la jornada: familias completas, jóvenes, adultos mayores y contingentes procedentes de comunidades cercanas arribaron portando estandartes, imágenes de la Virgen y acompañados en muchos casos por música tradicional, creando un ambiente cargado de fervor. En las inmediaciones del templo, las calles se convirtieron en pasajes estrechos por donde apenas cabía el paso, mientras que en el atrio y sus alrededores, los comerciantes ofrecieron trajes típicos, accesorios y alimentos típicos, consolidando una fiesta que combina lo espiritual con lo cultural.
Repletas misas y mensaje de servicio
Las misas programadas a las 8:30, 10:00, 11:30 y 13:00 horas se llevaron a cabo con el templo completamente lleno. Trabajadores de la parroquia estimaron que el aforo interior alcanza aproximadamente a 15 mil personas, quienes participaron en los oficios presididos por el párroco Tomás Roque, así como por los vicarios Marco Antonio Roldán y Bartolomé Ventura.
En la liturgia se proclamó el pasaje del Evangelio de San Lucas: 1, 39-48, que relata la visita de María a su prima Isabel, enfatizando los valores de humildad, gozo y fe. Durante la meditación, los sacerdotes destacaron que María es la servidora por excelencia, ejemplo de entrega y consuelo, especialmente en tiempos de adversidad, al igual que en las apariciones en el cerro del Tepeyac.
“A María le gusta ser venerada, pero mucho más, ser imitada”
, fue el llamado que hicieron a los asistentes.
Tradición viva: fotografías de niños como ‘inditos’
Cerca del recinto religioso, un escenario que recrea el cerro del Tepeyac se convirtió en punto obligado para las familias que desean inmortalizar a sus hijos vestidos de ‘inditos’. Delfina Villar, encargada de tomar estas fotografías desde hace más de dos décadas, compartió que aunque en los últimos cinco años ha disminuido la demanda, sigue siendo una práctica significativa para muchas familias.
“En los últimos cinco años sí ha bajado la demanda, pero sigue siendo un recuerdo muy bonito”
, señaló. Celebró también que ya no se utilicen caballos vivos en las escenografías, afirmado:
“Los tiempos han cambiado, en algunas cosas para bien. Me siento contenta de que ya no se permita usar animales para este trabajo”
. Aunque ignoró el origen histórico de la tradición, aseguró que ha existido desde su infancia y que se ha convertido en un símbolo de identidad y fe.
Atuendos típicos y economía festiva
En los puestos aledaños a la iglesia, los trajes de ‘indito’, elaborados en manta con bordados florales y accesorios artesanales inspirados en el atuendo de Juan Diego, son protagonistas. Los precios varían según la calidad: para menores de uno a tres años, un conjunto completo ronda los 130 pesos, mientras que accesorios como huaraches, sombreritos de palma y tilmas tienen un costo aproximado de 100 pesos cada uno.
Los comerciantes afirmaron que, pese al alza en los costos de materiales, la tradición persiste gracias al deseo de los padres de que sus hijos experimenten lo mismo que ellos vivieron.
“Los papás quieren que sus hijos vivan lo que ellos vivieron. No quieren que se pierda”
, expresaron. Aunque se reportó una baja en las compras de último momento para convivios guadalupanos, el flujo comercial se mantuvo constante en torno a los atuendos y recuerdos.
